Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

1 de Diciembre 2010

Si González Sinde fuese ministra de sanidad

En estos días he estado viendo la campaña del ministerio de sanidad para fomentar el uso de medicamentos génericos. En esencia, lo que hace la campaña es insistir en que los genéricos son lo mismo que el medicamento de marca, pero más barato.

Dejando al margen si tal afirmación es cierta (algún médico me ha comentado que no, que a los genéricos se permite un margen de tolerancia en las cantidades de principio activo que no se permite en los de marca), se olvidan de un pequeño detalle:que para que exista el genérico primero tiene que haber un medicamento de marca al que copiar. Y parece que ese acto de creación no tiene valor para el gobierno (y desgraciadamente, para mucha gente).

Más llamativo resulta si se contrasta con la defensa a ultranza de la propiedad intelectual y la casi perpetuación de los derechos de autor. Una patente tiene una validez improrrogable de 20 años, pero en ese tiempo hay largos años de pruebas clínicas antes de que el producto salga a la calle. Tal vez comercialmente se pueda aprovechar durante 10 años, en los que hay que hacer una fuerte inversión en instalaciones y personal altamente calificado, más los costes de producción y distribución.

En comparación que esto, la propiedad intelectual, con los derechos que genera, se extiende durante toda la vida del autor, y 70 años después de su muerte. Es decir, un día de inspiración para arrancar unas notas puede asegurarte la vida, la tuya y la de tus nietos. Parece algo desequilbrado, ¿no?

Los medicamentos salvan vidas. Pueden decirse todas las mandangas que se quieran de las hierbas, la acupuntura, el yoga o lo que sea, pero el hecho es que hasta que no se ha desarrollado la medicina occidental, gracias a los incentivos del sistema capitalista, acompañado de hábitos de vida más saludables (como limpiarse las manos y cosas así), no se ha prolongado la esperanza de vida, junto con una mejora de la calidad de vida.

Pero las autoridades, al menos en España, dan mucha más importancia a intangibles como los derechos de autor. Parafraseando la campaña de sanidad, podría decirse que un imitador de léase-cualquier-artista-de-éxito canta las mismas canciones, presenta la misma forma y tiene la misma calidad (a veces puede ser que más) que el original. Y es más barato. ¿Por qué el gobierno pone mucho más empeño en defender a una casta de privilegiados, tratando como presuntos delincuentes a cualquiera con un dispositivo electrónicos, que en proteger el motor de la innoación en algo que salva vidas?

Puede discutirse sobre la moralidad de las patentes de medicamentos, sobre si deberían durar menos, o si dichas patentes deberían liberarse obligatoriamente a cambio de unas compensaciones previamente pactadas. Puede discutirse sobre la moralidad de unos derechos de autor draconianos con los que escuchar o leer una obra te pone el borde de la ilegalidad simplemente por contárselo a alguien (transmisión de parte del contenido de la obra protegida por cualquier medio, incluso contarle la peli a un colega). Pero lo llamativo del caso es un rasero tan distintos para temas similares. Se ve que las farmacéuticas no son lo bastante de izquierdas, aunque hagan una labor social mucho más notable que cualquiera que se sigue forrando gracias a un momento de inspiración 30 años atrás.