Del 11-S a Afganistán
Muy pesimista me pareció anoche César Vidal aludiendo a la guerra de Afganistán, y comparándola con Vietnam. Es cierto que hay algunos paralelismos. El principal es que sin la voluntad política de ganar la guerra, efectivamente no puede ganarse. Y eso se hace poniendo tropas y armas sobre el terreno. En Vietnam se abusó de los "asesores", y si bien es cierto que los soldados sudvietnamitas no eran malos alumnos no podían compararse a tropas de un ejército bien entrenado y aprovisionado. En cualquier caso, lo que falló en último término fue la voluntad política de acabar con el Vietnam comunista, o al menos con su capacidad de agresión. Los acuerdo de París fueron una traición a un aliado, y un paso atrás en la lucha contra la expansión violenta del comunismo.
Parte del problema, que sí se repite en Afganistán, es elegir aliados corruptos. Es verdad que la democracia trae corrupción, no hace falta ni salir de nuestros pueblos y ciudades, pero al menos se guardan ciertas formas para que no se derrumbe todo el entramado institucional, que en última instancia hace que una sociedad moderna sea eso, moderna, y no volvamos a las tribus de unos cientos de miembros emparentados entre todos.
En Vietnam se apoyó a un dictador que nunca cumplió la promesa de elecciones libres, y en Afganistán vemos que a las primeras o segundas de cambio el fraude es masivo, con el agravante de que ahí la gente se juega la vida para ir a votar, con lo cual traicionar a esa población es más deleznable aún que traicionar al votante español que sólo va a elegir según quién le vaya a dar el subsidio más alto por hacer menos.
En Vietnam se luchó contra un enemigo conocedor del terreno, motivado, bien equipado, lo mismo que los talibanes (que tal vez no tengan el respaldo de una gran potencia pero se las apañan para conseguir sus armas). Pero al menos no tienen el respaldo internacional que sí tuvo el Vietcong, con el apoyo de una potencia nuclear, y el apoyo popular de traidores como Jane Fonda. Al menos los soldados que vienen de combatir a los terroristas no son recibidos como asesinos. La condición de terrorista de los combatientes enemigos es otro punto discutible. Los talibanes atentan tanto contra la ISAF como contra la población a la que aspiran a someter de nuevo. El Vietcong también usó esas tácticas, aunque sus atrocidades contra civiles siempre han quedado en un muy segundo plano. Se les concedió el aura romántica del luchador contra la opresión de un invasor extranjero, cuando ellos mismos actuaron como tirano en cuanto pudieron.
Una diferencia fundamental entre ambos conflictos fue la tropa enviada a combatir. En Afganistán ahora hay profesionales, no como muchos que combatieron en Vietnam. Están bien equipados y pertrechados, no hay que sufrir por la cadena de aprovisionamiento. Se lucha en un terreno complicado, pero la jungla es mucho peor. Al menos se han ahorrado los defoliantes. Y lo más importante: se tiene la conciencia y la absoluta certeza de que se combate contra los que empezaron esta guerra ahora hace ocho años en suelo americano, secuestrando aviones civiles y lanzándolos contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Y aunque aún haya descerebrados que se tragan la hipótesis de la conspiración, está claro que terroristas alojados en Afganistán, con la complicidad de un gobierno criminal teocrático que tenía medio esclavizada a la población, fueron los causantes de la masacre del 11-S. Y eso es la principal diferencia, lo que motiva a la tropa y lo que debería hacer que los políticos pusiesen mayor empeño en liquidar de una vez la resistencia talibán en Afganistán. En los 60 y 70 nadie veía a Vietnam como una amenaza, aunque indirectamente lo fuese como títere de la URSS. En el siglo XXI es evidente que no hace falta ser una súperpotencia para amenazar a todo el mundo Occidental.
Falta el empujón del empeño político. Si en Irak se cambió la estrategia para reforzar la seguridad, con notables éxitos (ya no hay cada día una cadena de atentados con docenas de muertos), lo mismo debería poderse hacer en Afganistán. Y sobre todo, elegir mejor a los aliados, quitar de enmedio a los corruptos y dejar que la gente decente que hay en esos paises tenga la ocasión de llegar a puestos de responsabilidad. Hay que dar ejemplo, y cambiar a unos sátrapas por otros nunca da resultado. Y si no, ahí está el ejemplo del apoyo prestado a Saddam durante los 80 para luchar contra Jomeini y cómo devolvió los favores.
Pero una cosa es cierta, en Afganistán puede ganarse la guerra siempre y cuando no se actúe como el gobierno español, que tiene una propensión aberrante a ignorar la realidad. Ahora lucha contra una crisis que hace un año y medio no existía, del mismo modo que manda a más soldados a una guerra que tampoco existe. Que se aclaren, por favor.











