Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

7 de Marzo 2006

Parquímetros bien usados: un ejemplo de peaje

Mi anterior post sobre peajes (y otras ocurrencias de los progres para criticarlos) me ha llevado a darle vueltas de nuevo a cómo se podría aplicar una solución de mercado a la gestión y mantenimiento privados de las calles de un pueblo, ciudad o urbanización. Y la reciente bronca en Madrid por la extensión de las zonas de aparcamiento de pago me ha dado una idea (de tantas que podría ofrecer el mercado libre): los parquímetros.

En otras ocasaiones ya he tocado el tema de la titularidad de las calles, pero en este caso no es relevante. Da igual si una calle es propiedad de los vecinos que la habitan o de los comerciantes que tienen allí su negocio, o si es propiedad del municipio que la gestiona en nombre de los ciudadanos. El hecho es que de algún modo hay que sufragar su mantenimiento, y eso obliga a determinar de alguna forma cómo hay que cobrar a los usuarios de esa vía, que son quienes disfrutan del servicio que les proporciona la misma, y al tiempo provocan su desgaste.

La gente no circula por las calles simplemente por circular, sino para ir de un sitio a otro, y hay un hecho inevitablemente unido a esa idea de ir a un lugar: hay que aparcar el coche. Bien sea en la calle, bien sea en un parking, hay que dejar el coche estacionado en algún sitio. Y ese precisamente es el hecho más fácil de controlar: el que un coche esté aparcado en determinado lugar. Un sistema como el establecido en Londres para pagar peaje por entrar en la ciudad es una buena idea, pero caro en cuanto a implantación: cámaras, sistema informático para el cobro y control de los vehículos, más todos los gastos administrativos. Sin embargo el control de los vehículos estacionados es sencillo: los parquímetros por una parte, los propios tickets en los aparcamientos de uso público, y el control de acceso a los parkings privados.

El cobro por el estacionamiento estaría por una parte ligado a la ocupación de la vía pública, y por otra al servicio recibido al disponer de una calle en condiciones para poder desplazarse. La empresa o entidad gestora ya ajustaría los precios y la forma de cobro (tarifa plana, por tiempo, con o sin límite) según el perfil de la zona: tráfico denso pero pocos problemas de aparcamiento, o más bien una zona saturada y donde primase la rotación de plazas.

En el caso de un parking de uso público, el ticket abonado supondría un "alquiler" de una plaza por determinado tiempo, pero el cobro de una cantidad fija de ese ticket pagaría también el hecho de haber circulado por la calle antes de llegar al parking. Un simple medidor de tráfico a la entrada indicaría a la empresa gestora de la calle cuantas cuotas debe cobrar al parking, para que este se lo cobre luego a sus clientes como crea más conveniente.

Y finalmente, un sistema similar podría establecerse con los aparcamientos privados, tanto de un edificio de viviendas como de un comercio, etc.: el cobro por los vehículos que entran o salen de ese aparcamiento (por ejemplo, en el caso de viviendas el coche saldría por la mañana y volvería por la noche, o viceversa respecto a un bloque de oficinas). Los propietarios tendrían la opción de pagar por cada vez que acceden al parking (habiendo usado por tanto la calle), o podrían optar por una cuota fija ligada al mismo aparcamiento.

En el caso de los aparcamientos (tanto privados como de uso público) habría multitud de formas en que los titulares de los mismos y los gestores de las calles podrían ponerse de acuerdo para repercutir en los conductores el coste del mantenimiento y gestión de la via pública. Y en el caso de aparcar en la propia via, la misma empresa gestora de las calles podría gestionar el aparcamiento, o incluso cederlo a su vez a otra empresa.

Privatizar la gestión de las calles tendría dos efectos. Por una parte al establecer un sistema de precios por el uso de la via pública asociado al aparcamiento se modularía el uso de la misma. Cuando la gente se limita simplemente a pagar un impuesto de circulación y no percibe una relación entre uso y cierto coste se tiende a un uso irresponsable. Mucha gente optaría por el transporte público o por simplemente no sacar el coche y darse un paseo si cada vez tuviese que rascarse el bolsillo para ello. Pagando el impuesto de circulación una vez al año te acuerdas de la familia del ayuntamiento durante un mes, pero luego te olvidas. Evidentemente habría ciertos usuarios que tal vez preferirían pagar una cuota anual única, o mensual, o cualquier forma de pago pactada con los gestores a cambio de una cierta comodidad o de conocer previamente qué le costará transitar por la ciudad, pero también hay mucha gente que cada día usa el metro o el autobús, y saca el coche sólo el fin de semana y tiene que contribuir igual al mantenimiento de las calles y al sistema de gestión del tráfico. Y ese sería el segundo efecto: que aquellos usuarios que sólo lo son esporádicamente, o aquellos contribuyentes que no son propietarios de un vehículo no verían como sus impuestos sufragan un servicio que no usan.

Se dirá (como ya comenté en el otro post) que también esa gente se beneficia de que haya vías públicas bien mantenidas y gestionadas, ya que recibe los servicios que le ofrece otra gente que sí las usa: los camiones del supermercado, la furgoneta del fontanero, los coches de los guardias de seguridad... pero incluso en este caso es mejor que el coste por el servicio de las calles lo pague quien realmente lo usa para luego repercutirlo a su cliente porque a su vez buscará modos de ahorrarse ese coste: un supermercado usará por ejemplo un furgón grande en lugar de dos pequeños para sus mercancías, o el fontanero optimizará dentro de lo posible la ruta para atender los servicios, o la agencia de seguridad dejará guardias a pie en lugar de dando vueltas con el coche.

Sin embargo, cuando un ayuntamiento además del impuesto de circulación comienza a cobrar un "copago" no persigue una racionalización del uso de la infraestructura, sino simplemente recaudar más. Y con el peligro de que si de algún modo disminuye esa recaudación recurra a otras vías que no tienen nada que ver.

Si una empresa gestora de calles subiese mucho las cuotas de aparcamiento y eso implicase una reducción en el uso de las mismas, y por tanto en sus ingresos, o bien reduciría sus costes ya que debería afrontar también menores gastos (menos desgaste de las calles, menos necesidad de vigilancia), o reduciría los precios para recuperar esa clientela perdida. O si esa empresa disfrutase de una concesión por parte del ayuntamiento o de la comunidad de vecinos o comerciantes de un barrio se arriesgaría a perder ese contrato (recordemos que hablamos de gestión, no de que las calles sean propiedad de esa empresa). El problema, en el caso de depender de una concesión municipal, es que ésta puede atender a motivos puramente políticos o clientelares que no tienen por qué pagarse en las urnas en las siguientes elecciones. Un ayuntamiento puede gestionar de pena las calles pero muy bien el resto de servicios. Descentralizar la toma de decisiones hacia los ciudadanos tendría el efecto positivo de que si en concreto la gestión de las calles es nefasta, se cambia de empresa y punto.

Como en tantos otros temas, es mejor ser cliente que contribuyente. Al fin y al cabo el cliente siempre tiene la razón, mientras que el contribuyente paga y calla. Menos en Madrid, que ya no se callan y cargan contra otro abuso recaudatorio del gobierno socialista de Gallardón.