Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

12 de Enero 2006

Spanish jarheads

La cabeza del recluta es como un bote, un bote vacío que hay que llenar. Al recluta hay que borrarle la personalidad para que, en el ámbito de sus funciones como militar, actúe cumpliendo órdenes.

El ejército es posiblemente una de las instituciones más antiliberales y antidemocráticas que existen, en lo que hace a su funcionamiento interno.

Antiliberal, porque hasta hace no mucho el servicio en la milicia era obligatorio para miles de jóvenes cada año. Durante nueve meses (en los últimos tiempos) el recluta se convertía en esclavo del estado, en peón de uno de los grandes monopolios públicos: la fuerza militar.

Y antidemocrático, porque su funcionamento interno no se rige por el gobierno de ninguna mayoría, sino por el ordeno y mando, coño.

Sin embargo, estas características que serían terribles si se imponen a toda la sociedad, son el único modo en que una fuerza militar puede ser efectiva y eficiente.

La historia ha enseñado, desde Kadesh o las Galias hasta las Ardenas o Irak, a lo largo de toda la historia de la civilización, que un ejército es tanto más efectivo cuando mejor organizado se encuentra. Mayor organización no significa mayor burocracia, como enseñó el Ejército Rojo, pero una cosa sí está clara: hay mandos que toman decisiones en base a las informaciones de las que disponen, y esas órdenes son transmitidas a los subordinados.

Cuando los generales y planificadores han trazado el plan de acción para tomar Irak (por ejemplo), un comandante de carro sólo debe preocuparse de que su tanque destruya los objetivos en su sector sin ser a su vez destruido. No tiene que decidir por qué ruta se acercará a Bagdad. No le dirá a los de intendencia cómo tienen que organizar sus suministros. Él tiene su carro, su tripulación, su misión y sus blancos. Y si no le gusta, no debería haberse alistado. Del mismo modo el artillero sólo tiene que cargar la munición que le indique su jefe de carro y disparar al blanco que le han designado, y el conductor dirigirá el tanque hacia donde le diga su comandante, ni más ni menos.

Si el comandante, el artillero o el conductor del carro ponen en duda, públicamente, las órdenes recibidas, no hay garantías de que no vayan a actuar por su cuenta cuando tengan que entrar en acción. Y eso es nefasto para un ejército. Ciertas unidades pueden tener determinado grado de libertad de acción porque sus acciones tal vez lo requieran, pero el principio es muy simple: hay que cumplir las órdenes porque el que las da tiene los elementos de decisión necesarios para darlas. Un ejército no es una empresa donde un jefe puede prestar atención a las sugerencias de sus subordinados para mejorar tal o cual aspecto. Si en el ejército no se cumplen las órdenes y se respeta la cadena de mando, apaga y vámonos.

Pues eso mismo se aplica a los generales. Un general está a las órdenes del ministro de defensa, y por tanto del ejecutivo que han votado los ciudadanos. En España se da la anomalía de que el comandante de las FFAA es un cargo hereditario, pero por ejemplo en los EEUU el comandante supremo de los ejércitos es el presidente elegido por sufragio directo. Los militares americanos pueden cagarse en los muertos de los burócratas y chupatintas de Washington, pero ante las cámaras se callan o no se salen del guión.

Las FFAA pueden ser tanto una amenaza a las libertades como una garantía para que estas sigan existiendo. El hecho de tener el recurso al uso de la fuerza hace que una minoría como son los militares puedan sojuzgar a una mayoría desarmada. Incluso en los EEUU, con una población considerablemente armada, el ejército podría doblegar la resistencia ciudadana. Es por eso que los militares deben tener grabado a fuego que están a las órdenes del ejecutivo. Los políticos, los civiles, deciden cuándo y dónde actúan las FFAA. Y lo saben, no hace falta que salga ningún teniente general a recordar que la constitución del 78 concede al ejército la salvaguarda de la integridad de España. Lo que hace la constitución es decir que de todas las fuerzas que están a disposición del poder estatal corresponde al ejército preservar la integridad territorial, tanto de agresiones externas como internas. Es por esto que no fueron los antidisturbios a defender la isla de Perejil, sino el ejército. Y si el gobierno o, mejor, el parlamento, deciden que determinadas acciones políticas ponen en peligro la integridad de España, entonces es constitucional recurrir al ejército para evitarlo.

Que un alto mando del ejército recuerde el artículo de la constitución que define el propósito fundamental de las FFAA parece decir que cree que la situación está próxima a ese punto. Y no hay vuelta de hoja. Insisto: al gobierno no hace falta recordarle lo que dice la constitución, lo sabe muy bien. Que la incumpla es otro tema, pero no corresponde a los militares emitir esos juicios.

Los militares no opinan. Los militares no juzgan. Los militares, cuando visten el uniforme, se limitan a cumplir órdenes. Y luego se callan. Y si no les gusta, pueden pasar a la reserva o a la vida civil, y entonces opinar como cualquier otro ciudadano. Pero un señor que tiene a sus órdenes a decenas de miles de soldados, carros de combate y artillería no es un opinador cualquiera.