Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

14 de Diciembre 2005

Agatha Christie no escribe la realidad

La realidad no es una novela de Agatha Christie donde un hábil detective, abogado o investigador expone un alud de pruebas circunstanciales que hacen que el culpable se derrumbe y confiese. No contemplamos la realidad como contemplamos una película en la que vemos al culpable cometiendo un crimen y nos preguntamos cómo pueden ser tan estúpidos la policía y los fiscales al no ver lo obvio. Sólo podemos contemplar la realidad que vemos por nosotros mismos, y la que nos cuentan, nos la creemos o no.

Cuando un tribunal o un jurado dictaminan sobre la culpabilidad o la inocencia de una persona lo hacen sobre algo que les cuentan. Y en particular sobre lo que les cuentan aquellos que sean parte en el caso. Un jurado que ha seguido ciertos hechos por la tele está contaminado y es rechazado. De ahí que sea fundamental aportar pruebas sólidas para determinar la culpabilidad de alguien (por defecto, somos inocentes de algo a menos que se demuestre lo contrario).

El problema es que fiscales y abogados tampoco han sido testigos de los hechos juzgados. Incluso las víctimas de un delito pueden no haber visto al delincuente, y los inculpados muy raramente admiten la culpabilidad. Así que realmente, casi nadie sabe nada de lo ocurrido.

Así, es casi imposible saber al 100% que un veredicto, tanto de inocencia como de culpabilidad, es correcto. Para ello están los recursos a sucesivas instancias judiciales, para (en teoría) corregir errores de apreciación en las pruebas (materiales, circunstanciales, testificales), o errores en la interpretación de la ley a la hora de calificar hechos o fijar las sentencias. Y como la realidad no es una novela de Agatha Christie donde los personajes sólo existen en la imaginación del lector y da igual si un argumento está cogido por los pelos o realmente el investigador de turno se ha equivocado, tiene que existir la posibilidad de subsanar el error. Forma parte del sistema de garantías al que está obligado el estado de derecho para ser eso, de derecho. Porque ni las leyes, ni quienes las aplican, ni quienes sancionan su incumplimiento, son infalibles. Lo escribía muy bien hace unos días Santi Navajas:

El liberalismo se basa sobre una premisa epistemológica: la limitación del conocimiento humano, su radical falibilidad. Es la epistemología la que convierte en irracional una medida punitoria como es la pena de muerte. Moralmente se puede discutir; epistemológicamente, no.

La posibilidad del error elimina metodológicamente la aplicación de la pena de muerte. Incluso los casos más claros pueden finalmente revelarse erróneos.

Incluso un grandísimo cabrón como Stanley Williams, cuya biografía relató Adam Selene en uno de los mejores posts que he leido en mucho tiempo, podía estar sujeto al error judicial.

Pensemos en el caso español. Suele decirse que nuestro sistema es muy garantista, más que el americano. ¿Alguien puede imaginar la aplicación de la pena de muerte en España? ¿En un pais donde podrían declarar policías como Amedo y Domínguez? ¿O los que detuvieron a los militantes del PP por la agresión ficticia a Bono? ¿O dónde un tribunal puede tener entre sus miembros a Carlos Fanlo, que sería capaz de condenar a muerte a Jiménez Losantos? Si algún día se acusa a alguien (vivo) de la masacre del 11-M, ¿quién garantizaría al 100% un veredicto de culpabilidad, viendo cómo se está desarrollando la investigación hasta ahora?

Si en España se implantase la pena de muerte, sería como para salir corriendo. Porque aquí no hay ningún Poirot ni Miss Marple metidos a investigador, fiscal o juez.