Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

30 de Julio 2005

Historia de un autoestopista

Esta mañana he acompañado a un drogadicto a Son Banya a comprarse una china de heroína para fumar.

Esta mañana no tenía que ir al trabajo hasta el mediodía, así que no he tenido prisa en salir de Pollensa después de desayunar con mi novia. Eran sobre las 10 de la mañana cuando salía del pueblo enfilando la carretera a Palma y he visto a un joven con vaqueros, camiseta y una mochila al lado de la carretera. He pensado que podía ser un tio que anoche estuvo de fiesta en el pueblo y lo habían dejado tirado los colegas, y me he parado.

- Bon dia.

- Bon dia.

- ¿A dónde vas?

- ¿A dónde va usted? Yo voy a Palma.

- Yo también, venga, sube.

- Muchas gracias, muchas gracias.

Un tipo muy educado, muy correcto. La ropa algo vieja, gastada, pero el chico iba limpito y aseado.

- ¿Por qué zona de Palma te dejo? Yo voy a Son Castelló.

- Pues no le mentiré - me ha estado tratando de usted un rato, y eso que sólo es algo más joven que yo -: voy a Son Banya.

Son Banya. El poblado gitano supermercado de la droga. ¿Un yonqui que va a por su dosis? ¿Va a comprar algo más para él y sus colegas de fiesta?

- Me gusta ser sincero -ha seguido-, y casi todo el mundo cuando le digo que voy a Son Banya para y me hace bajar.

- Yo no tengo problemas, vamos para allá. Te puedo dejar en la rotonda de Mercapalma.

- Sí, por la EMT, me haría un gran favor.

Sin ser un comeorejas en plan "la sosiedá me hiso asín", me ha contado un poco su historia.

Se metió en la droga un tiempo después de la muerte de su padre. Me ha contado que jugaba a tenis y entrenaba con su padre. Me ha dicho que incluso entrenaba con Carlos Moyá cuando eran chicos. Desde los 4 años ya estaba dándole a la raqueta. Por la edad y por cómo hablaba (y en concreto de tenis) sí es perfectamente posible que hubiesen entrenado juntos hasta los 12-13 años.

Cuando él tenía 13 años, su padre murió mientras entrenaban juntos. No he querido preguntar porque él tampoco ha dado más detalles. He supuesto que su padre tuvo un infarto o algo similar. El chico se sintió culpable de lo ocurrido, comenzó a abandonarse, dejó el deporte, se aisló, y en un momento dado, decidió comenzar a fumar heroina para salir un poco de este mundo y dejarse un rato de preocupaciones. "Nadie me puso una pistola en la cabeza para que me metiese en esto".

Según me ha comentado, prefiere ir cada día a Son Banya a por su dosis porque allí sabe que no lo engañarán con el producto. En cualquier puerta de discoteca pueden venderte escayola, tiza o vete a saber qué. En Son Banya los vendedores no quieren problemas: saben que tienen clientes que les pueden ir a "pinchar" si les dan material de mala calidad. La confianza entre compradores y vendedores es la que proporciona cierto "control de calidad".

Admito que al principio cuando me ha dicho a dónde quería ir he sentido un escalofrío. Nunca había ido por Son Banya, y uno se espera casi una zona de guerra. Me ha dicho que no hay para tanto, que es un sitio tranquilo: vas, compras, y te largas. Y ahí está la gente viviendo. Nada más. Se siente dolido porque todo el mundo, sobre todo en un pueblo como Pollensa, cuando saben que además de yonqui compras en Son Banya eres casi un asesino, un violador, un criminal... Es más, le ha extrañado que le recogiese un mallorquín: al principio cuando ha visto que me paraba ha pensado que sería un madrileño o algo así, y se ha quedado algo pillado cuando le he saludado en mallorquín.

Hemos hablado un poco de familia, mi trabajo, las obras de la autopista... en un momento dado ha abierto su mochila y me ha comentado lo que costaba la dosis: 15 euros, que me ha mostrado. No sé si lo ha hecho para comprobar que no se había dejado el dinero, o para dejarme claro que no iba a pedirme nada. La verdad es que ni ha insinuado un "dame argo". No sé de dónde debe de sacar el dinero, supongo que se lo da su madre. Por lo que he deducido, en su familia tienen, o al menos tenían, pasta. El no trabaja: vive cada día para ir a buscar su chinita y volver. Me ha impresionado su trayecto habitual.

A las 4 o las 5 de la madrugada se dirige de Pollensa a la carretera general que cruza Mallorca de norte a sur, en concreto hasta la rotonda de Sa Pobla. Si tiene suerte, alguien lo acerca a Inca, o incluso a Palma. Si no, a pata. Estamos hablando de un trayecto de unos 60 Km. Llega a Son Banya, compra su china, se prepara el peta, se lo fuma y se echa un rato en cualquier sitio, y luego, el regreso a casa. Si tiene suerte, en Alcampo (que está a unos 10 Km de Son Banya) alguien lo recoge. Y si no, de nuevo a pie. Está delgado, la cara algo chupada, pero no demacrado. El tio debía de estar realmente como un toro cuando hacía deporte. Llega a su casa de noche, cena de un pa amb oli, y a dormir. Hasta la próxima madrugada, y nueva peregrinación a Palma.

Cuando nos acercábamos a Son Banya me ha pedido si me importaría acercarle hasta el sitio, que en 15 segundos estaba. No me ha parecido mal, ya que hoy no tenía prisa.

Hemos entrado por la rotonda de Mercapalma, donde la policía nacional tenía parado un coche. Hemos entrado en el poblado tras dos taxis, me ha indicado por qué calle meterme, y sólo me ha avisado de que fuese con cuidado de no pillar a un crio con la furgo, que nos matan. La gente que se veía por ahí no era distinta de la del centro de la ciudad. Las casas, chabolas, aunque por las noticias de redadas sé que son más que lujosas por dentro. Hoy justamente no había los cochazos que suelen pasear los más pretenciosos. Eso sí: mucha chatarra, y calles con el mismo pavimento de hace 40 años. Sin embargo, no lo arreglan los habitantes de la zona por no dar más el cante. Tienen tanta pasta que podrían pavimentar todo el poblado y dotarlo de nuevas redes de agua potable y alcantarillado. Podrían prescindir de cualquier inversión pública. De hecho, funcionan como una pequeña urbanización privada, con su propia ley: la ley gitana, por descontado. Pero me ha dado la sensación de ser un sitio que si no buscas problemas, no tienes por qué encontrarlos.

El colega ha comprado su chinita, y tal y como hemos entrado hemos salido, pero por otra carretera. Allí otra pareja de la policía nacional había parado a dos motoristas. El chaval se ha santiguado justo cuando hemos salido del poblado. Me ha llamado la atención. ¿Rezaba porque no nos parasen? He adelantado a la patrulla con sus sospechosos, ni nos han mirado, y no había necesidad de ponerse nervioso. A veces pienso que 15 años de jugar a rol sí me han servido para la vida cotidiana, y para experiencias menos cotidianas.

Nos hemos dirigido a Alcampo, y allí he dejado al joven. Le he dicho si quería que lo acercase a Inca, pero se ha negado, no quería molestarme más, así que no he insistido. ¿Qué iba a hacer, encerrarlo en la furgo? Se habrá terminado de fumar su peta, habrá pedido un vaso de agua en la cafetería, y espero que a esta hora esté en su casa cenando.

No me ha parecido mal chaval. Sólo que se metió en una estupidez de la que no parece tener muchas ganas de salir. Espero que Juan tenga suerte, le eche huevos y salga de esa mierda.

Llevo todo el día dándole vueltas a todo esto. La primera reflexión, la que suele esquivarse siempre, es en qué consiste la droga. Son sustancias químicas que producen determinados efectos en nuestro cerebro. Nos relajan, nos ponen en tensión, nos hacen ver mundos inexistentes, modifican nuestra conducta. Un montón de cosas que hacemos de forma natural tienen esos efectos. Hacemos deporte, practicamos sexo, buscamos atracciones de feria que disparen la adrenalina. Las drogas concentran más esos efectos, pueden tener efectos secundarios tremendos, como matarnos con una dosis, causan adicción... Pero también podemos matarnos en una atracción de feria, o podemos volvernos adictos al sexo, o morir deshidratados en una maratón.

Cuanto más lo pienso, más absurda me parece la política contra la droga. Hay gente que tal vez a la vista de un caso como el de hoy diría "pobre chico, el estado debería cuidar de él, hacer que se desenganchase, perseguir más a los traficantes y camellos...".

Este chico me ha comentado que está en el Proyecto Hombre, pero como he dicho, no lo veo con ganas reales de desengancharse. Si fuese alguien de mi entorno, tal vez le daría la tabarra para que lo dejase. Él mismo reconoce que es una sombra de lo que era cuando hacía deporte. No fumaba, aborrecía el alcohol (y de hecho no fuma tabaco, y bebe muy poquito). El estado, con toda su maquinaria coactiva, no puede convencer a alguien de que abandone algo que se ha convertido en su modo de vida, aunque sea autodestructivo.

El estado desperdicia a agentes de policía en una lucha que no puede ganarse, y que además está podrida hasta la médula. Un joven agente de policía me lo dijo: después de meses de investigaciones se les cancelan "desde arriba" operaciones en las que caerían grandes traficantes. Grandes comerciantes, más bien. La droga es mala. La droga mata. Pero hay gente que cree que esos riesgos son compensados por los beneficios que les aportan: beneficios subjetivos a cambio de riesgos individuales. ¿Qué pinta entonces el estado?

El estado hace que los puntos de venta de droga se vean indisolublemente unidos a focos de marginalidad y delincuencia. ¿Acaso lo que se vende en las farmacias no son drogas? Cuando uno está enfermo, acepta los riesgos de las medicinas a cambio de la posible curación. Cuando uno decide drogarse, también acepta los riesgos. Es la política represiva del estado la que los incrementa.

El estado también provoca que el mercado de la droga se haga opaco, que no haya competencia, y que los conflictos entre los "operadores" del mercado se soluciones a balazos y quema de cadáveres en lugar de ante tribunales mercantiles. ¿Alguien se imagina a sicarios de Bayer quemando un laboratorio de Sandoz o tiroteando a un comercial de Pfizer?

La guerra estatal contra la droga es una guerra que no debió empezar nunca, que ha obedecido siempre a criterios políticos y que ha traido más problemas que soluciones, como todas las intervenciones estatales. Es hora de cambiar.