Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

18 de Marzo 2005

El mayor defraudador de la historia de los EEUU

Una de las historias que se me han quedado pendientes de comentar estos ajetreados días ha sido la de Walter Anderson, acusado de ser el mayor defraudador de la historia de los EEUU al evadir más de 200 millones de dólares.

Su carrera como inversor se detuvo en seco el 27 de febrero cuando fue detenido en Washington al regreso de un viaje. Esta semana se le ha denegado la libertad bajo fianza.

Lo que hace algo distinto a este defraudador no es la cantidad más que considerable de dinero que presuntamente ha ocultado en paraisos fiscales, sino los motivos que alega para haberlo hecho.

Hace ya dos semanas en el Washington Post se publicaba toda la historia de Anderson:

Tax Case Defendant Says Money Was to Do Good

He isn't a tax cheat, he said Wednesday night in a conference room at the D.C. jail. Sending millions of dollars to offshore havens -- which the government alleges he did to evade around $200 million in taxes -- was part of a legitimate and long-standing plan.

He was going to use the money to change the world. To fight for arms control and human rights. To promote family planning and space exploration. He was going to give the money away, starting next year.

Lo más probable es que Anderson sea un caradura que una vez pillado sale con eso de "el año que viene iba a usar el dinero para hacer un mundo mejor" para caerle bien a jueces y posibles jurados. O tal vez sea cierto lo de su plan:

"He's an exceptionally charitable man," said Bob Werb, a real estate developer who has served with Anderson on the Space Frontier Foundation board. "He's part of the American tradition of people who wanted to make money so they could give it away for charitable purposes."

En una escala tan exagerada puede pensarse en si es mejor que el dinero quede en el bolsillo del que lo ha ganado para destinarlo a lo que quiera, o si tiene que ser gestionado por burócratas y políticos para sus fines partidistas.

Si el dinero es dirigido de particular a particular seguramente un gran porcentaje llegaría a su destino, ya que existe un interés claro en controlarlo. Por ejemplo, yo no doy ni un euro a una entidad a menos que esté auditada y me merezca confianza. Si ese mismo dinero lo pago como impuestos, ¿por cuantas manos pasa antes de llegar (mermado) a un destinatario que seguramente no sería de mi confianza? La burocracia interpuesta ya resta una gran parte del dinero al fin último, que encima será del interés del político o del funcionario, no necesariamente del ciudadano que paga.

Por eso Anderson no deja de inspirarme cierta simpatía, aunque lo más probable es que sea un caradura.