Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

31 de Diciembre 2004

31 de desembre de 1229

Hoy se celebra en Palma la festa de l'estandart, la conmemoración de la toma de Medina Mayurqa por parte de las tropas del rey Jaime I, hace justo 775 años.

Tal fecha es celebrada como la incorporación de Mallorca a la catalanidad. En principio, es la última gran invasión vivida por estas islas, comparable a la incorporación de América a la hispanidad.

La mayoría de los que conmemoran el 31 de diciembre denostando al mismo tiempo el 12 de octubre son un curioso pero generalizado ejemplo de memoria selectiva. En América se cometieron crímenes, atrocidades, un auténtico genocidio. Lo mismo dicen de Norteamérica, de cómo los blancos masacraron a los indios. Pero se mira con cierto romanticismo la conquista catalana de Mallorca.

Las Baleares han sido desde hace milenios un importante punto de tránsito marítimo, para lo bueno y para lo malo. Desde mercantes fenicios, egipcios, griegos, cartagineses, romanos o bizantinos, hasta piratas de cualquier pueblo Mediterráneo, todos han buscado nuestras calas y puertos naturales.

La piratería fue el motivo primordial de la conquista romana de las Baleares, y lo mismo con la conquista catalana. El poderío marítimo de la expansionista corona de Aragón no se veía amenazado por las bandas de piratas que operaban desde nuestras costas, pero sí las rutas comerciales. Fueron los comerciantes barceloneses quienes instigaron al rey Jaime I, el "tirano de Barcelona" según los musulmanes, a que limpiase semejante nido de piratas. Las promesas de nuevas tierras a repartir entre jóvenes caballeros hicieron que no fuese difícil reclutar a guerreros de todo el reino para semejante empresa.

El 12 de septiembre de 1229, una armada de 155 barcos con 15.000 hombres, 1.500 caballos y maquinaria de asedio desembarcó en Santa Ponsa, donde se libró la primera batalla: como todas las de la conquista, sin prisioneros.

La resistencia sarracena fue encarnizada, y lo que parecía sería un paseo triunfal se convirtió en una serie de duras batallas. Los caballeros cristianos disputaban no por comandar a las tropas, sino por no hacerlo. Vergonya, cavallers, vergonya! fue el grito de Jaime I a sus temerosos comandantes.

Después de la sangrienta batalla de Porto Pí, con la Medina a tiro de piedra, se lanzaron con catapultas las cabezas de los 400 moros muertos durante la batalla.

El valí Abu Yahya ofreció la rendición de la plaza a cambio de que la vida de sus defensores fuese perdonada, y se permitiese la salida de la isla de todo aquel que lo desease, pero tales peticiones fueron rechazadas.

Desde el campamento situado en el enclave hoy llamado La Real se lanzaron diferentes asaltos, todos infructuosos. La moral cayó en picado, y el rey tuvo que supervisar personalmente todos los aspectos de las operaciones, incluso las guardias nocturnas, ante la desidia de los nobles.

Por fin, el 31 de diciembre, con el rey al frente de la infantería, se abrió brecha en la puerta llamada Bab al Kofol, luego de Santa Margalida, donde hoy se juntan las calle 31 de diciembre y San Miguel. Al grito de Santa María la tropa, el rey, y cuatro caballeros cruzaron la brecha. Desde el primer momento el asalto se convirtió en una cacería de civiles desarmados. Se calcula que en medio día se pasó a lanza y espada a unas 20.000 personas. En la mezquita que estaba donde hoy existe la iglesia de San Miguel los soldados masacraron a mujeres, niños y ancianos enfermos. Sobre los cadáveres calientes cruzaron los monjes con un crucifijo para consagrar un altar a San Miguel, del cual era gran devoto el rey Jaime.

El valí Abu Yahya fue capturado por mercenarios de Tortosa y vendido al rey por 1.000 libras. Este le prometió protección a cambio de que lograse la rendición de los resistentes de la almudaina. En un acto sin precedentes en la época, después de lograr la rendición, los sitiados fueron pasados a cuchillo, y el propio Abu Yahya fue torturado y muerto, junto con su hijo de 13 años. Durante los siguientes ocho días incluso los asistentes personales del rey se dedicaron al pillaje y al asesinato. Los bienes robados fueron repartidos mediante sorteo entre caballeros y tropa.

Jaime I volvió a la Península, pero tuvo que volver a Mallorca en dos ocasiones. La isla no fue pacificada hasta 1231, cuando cayó el castell del rei, en Pollensa, última fortaleza en manos de los moros. Se completó así el genocidio que concluyó con la muerte de casi 40.000 personas, y la esclavitud para los supervivientes.

Así, las rutas comerciales catalanas fueron más seguras, y la cuatribarrada ondeó sobre la almudaina, convertida en residencia de los reyes cristianos hasta la construcción del castillo de Bellver. La misma cuatribarrada manchada de sangre que los pancatalanistas han colgado hoy del brazo de la estatua de Jaime I que preside la Plaza de España.