Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

6 de Junio 2004

Una batalla y un luchador por la libertad

Hoy hace 60 años del desembarco de Normandía, la batalla decisiva en el frente occidental por derrotar a la Alemania nazi. Algunos, para quitarle mérito a la ayuda de EEUU, alegan que el declive de Alemania empezó en Stalingrado. Pero en Stalingrado sólo venció el ejército rojo, no la libertad. Fue en las playas de Normandía donde se sembró la semilla de una Europa por fin libre, después de dar a luz al monstruoso nazismo, pariente próximo del comunismo. Por fin podría empezarse a construir una Europa ni totalitaria ni absolutista.

Pero la libertad no llegó a todos por igual. Dejando al margen las excepciones española, griega y portuguesa, media Europa, la que quedó tras el telón de acero, tuvo que esperar a 1989.

Fue Ronald Reagan el que dio el impulso definitivo para acabar con la Guerra Fría destruyendo a lo que tan certadamente había llamada "imperio del mal". Me gustaría hacerme eco de este texto de Dinesh D’Souza:

Hace más de diez años, frente a la Puerta de Brandenburgo, Ronald Reagan dijo: ‘‘Secretario General Gorbachov, si usted realmente busca la paz, la prosperidad de la Unión Soviética y del este de Europa, si busca la liberalización: ¡Venga aquí! ¡Abra esta puerta! ¡Derribe este muro!’’
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Es curioso que el hombre que comprendiera bien las cosas desde el principio fuera, a primera vista, un improbable estadista. Cuando se convirtió en el líder del mundo libre no tenía experiencia en política exterior. Algunos pensaban que era un peligroso guerrerista, otros lo consideraban un hombre agradable aunque un poco torpe. Sin embargo, este peso ligero de California resultó tener una comprensión tan profunda del comunismo como Alexander Solyenitsin. Este amateur desarrolló una estrategia tan compleja y contra-intuitiva para tratar con la Unión Soviética que prácticamente nadie a su alrededor la apoyaba o ni siquiera la comprendía. Gracias una combinación de visión, tenacidad, paciencia y capacidad de improvisación produjo lo que Henry Kissinger considera ‘‘la hazaña diplomática más asombrosa de la era moderna.’’ 0 como dijo Margaret Thatcher: ‘‘Ronald Regan ganó la Guerra Fría sin disparar un tiro’ ‘

En su apreciación del poderío soviético, Reagan era mucho más escéptico que los halcones y que las palomas. En 1981 le dijo a su audiencia en la Universidad de Notredame: ‘‘El Occidente no va a contener al comunismo. Va a trascender al comunismo. Lo va a descartar como un extravagante capitulo en la historia cuyas últimas páginas se están escribiendo ahora.’’ Al año siguiente, dirigiéndose al Parlamento británico, Reagan pronosticó que si la Alianza Occidental permanecía fuerte produciría ‘‘una marcha de la libertad y de la democracia que dejará al marxismo-leninismo en el basurero de la historia’’
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Reagan estaba de acuerdo con los halcones en que el experimento soviético que buscaba crear un ‘‘hombre nuevo’’ era profundamente inmoral. Pero también comprendía que era básicamente estúpido. Reagan no necesitó un título en economía para reconocer que cualquier sistema económico basado en una planificación centralizada, que decide cuánto deben producir las fábricas, cuánto debe consumir la gente y cómo se deben distribuir las recompensas sociales, está destinada a un desastroso fracaso. Para Reagan, la Unión Soviética era un ‘‘oso enfermo’’ y la única incertidumbre no era si se moriría sino cuándo.
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Reagan esbozó su teoría del ‘‘oso enfermo’’ en un discurso en su Alma Mater, el Erureka College. Allí dijo, ‘‘El imperio soviético está fallando porque el rígido control centralizado ha destruido los incentivos para la innovación, la eficiencia y los logros individuales. Sin embargo, en medio de sus problemas económicos y sociales, la dictadura soviética ha forjado las mayores fuerzas armadas del mundo. Lo ha conseguido echando a un lado las necesidades humanas de su pueblo pero, al final, ese camino socavará los cimientos mismos del sistema soviético’’
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Reagan estaba convencido de que el apaciguamiento sólo aumentaría el apetito del oso e invitaría a ulteriores agresiones. Fue por eso que siempre trató a los soviéticos con firmeza. Tenía mucha más confianza que la mayoría de los halcones en que los norteamericanos podían afrontar el desafío. ‘‘Tenemos que comprender,’’ dijo en su primer discurso inaugural, ‘‘que no hay armas más formidables en el mundo que la voluntad y el coraje moral de los hombres y las mujeres libres.’’ Lo más visionario de Regan fue su rechazo de la premisa de que había que aceptar la inmutabilidad del régimen soviético. Cuando nadie se atrevía a hacerlo, Reagan se atrevió a imaginar un mundo donde el régimen soviético no existiera.
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Inclusive algunos que habían sido escépticos en relación con Reagan se vieron obligados a admitir que su política había sido completamente vindicada. El viejo adversario de Reagan, Henry Kissinger observó que aunque Bush presidió la desintegración final del imperio soviético, ‘‘fue la presidencia de Ronald Reagan la que consiguió el viraje.’’ El Cardenal Casaroli, secretario de Estado del Vaticano, observó públicamente que el esfuerzo militar de Reagan, al que él se había opuesto en su momento, había llevado al colapso del comunismo.
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Fue Reagan el que ganó y Gorbachov el que perdió. Si Gorbachov fue el gatillo, Reagan fue el que lo apretó. Por tercera vez en el siglo, Estados Unidos había peleado y ganado en una guerra mundial. En la Guerra Fría, Reagan resultó ser nuestro Churchill: fue su visión y su liderazgo lo que nos condujo a la victoria.

Descanse en paz.