Sandwiches en la Torre de la Vela

Asociacionismo, libertad y comida rápida, por Jahd

5 de Marzo 2004

El futuro del estado del bienestar

He encontrado un curioso editorial en el Washington Post de hoy sobre el libro Growing Public: Social Spending and Economic Growth Since the Eighteenth Century, del historiador económico Peter Lindert. En este libro se defiende la existencia del estado del bienestar y su supervivencia gracias a una mezcla de recortes de beneficios y subidas de los impuestos. Para ello ofrece algunas recetas sorprendentes.

De entrada sostiene el hecho de que los impuestos elevados NO inhiben el crecimiento económico. La realidad es tozuda y nos muestra que los países con menores impuestos son los que disfrutan de mayor crecimiento y rentas más elevadas.

Para defender el que impuestos elevados no frenan el crecimiento aporta tres ideas:


First, some public spending (say, on schools) may improve economic growth.

El gasto público no mejora el crecimiento económico. El gasto público nunca se rige por criterios de mercado, así que no busca la optimización de beneficio. La educación pública conduce a tener licenciados en derecho (con carreras pagadas con impuestos) trabajando como contables. ¿Compensa la inversión al rendimiento obtenido?

Second, generous benefits may reward -- and raise -- unemployment, but the added jobless are mostly unskilled; their loss doesn't hurt much.

Aunque los desempleados sean “inútiles”, siempre hay lugar para que trabaje la gente menos preparada, y su sueldo será acorde con el rendimiento que proporcionen. Mantenerlos en el paro supone pagarles por no hacer nada, y que el dinero de esos subsidios no se destine a trabajos productivos.

And, finally, countries with big welfare states have adopted taxes that minimize economic damage.

No sé qué impuestos son los que “minimizan el daño económico”. Se trata siempre de una merma en la renta de los estratos productivos para desviarla a los improductivos. Hay pocos elementos de la sociedad que realmente no puedan ser nunca productivos (tal vez algunos minusválidos, pero incluso para estos puede haber trabajos adecuados), pero precisamente suelen ser de los menos favorecidos por el estado del bienestar.

Finalmente, Lindert afirma que

in Europe, taxes approach 50 percent of national income (as opposed to about 30 percent in the United States). But Europe relies heavily on a sales tax -- the "value-added tax" -- that, in theory, falls on consumption and not investment or work effort.

En España, el porcentaje de intervención estatal en la economía es de algo más del 39%. Si el IVA estándar es del 16% (sin contar los productos que tienen los tipos reducidos), ¿de dónde sale el 23% restante? En teoría los impuestos sobre el consumo son más justos que sobre la renta. De alguna forma puedes controlar lo que gastas, y así pagar menos impuestos, mientras que un impuesto sobre los ingresos (sobre todo los progresivos) puede inhibir el deseo de aumentar los ingresos brutos, ya que los impuestos suben proporcionalmente más que esa renta. Pero aún así, la gran parte del consumo recae sobre la clase media, que tiene una nómina, ya que las rentas más altas pueden hacer muchas compras a través de empresas o sociedades instrumentales que se ahorran el IVA. Cargar impuestos sobre el ahorro o la inversión es aberrante, ya que inhibe la inversión en tecnología, aumento de la producción, etc. Por otra parte, la cotización a la seguridad social es el mayor impuesto conocido, y recae íntegramente en el trabajo.

Lindert sostiene que en EEUU hay un menor deseo de “estado de bienestar” por su espíritu de “frontera” en la mayor parte de su historia. Disiento. El estado del bienestar supone una gran merma en la libertad de la ciudadanía, ya que políticos elegidos más o menos cada cuatro años deciden el destino del dinero de los ciudadanos. Los políticos difícilmente miran a largo plazo: no se trata de su dinero, y su único objetivo suele ser la reelección, por lo que enfatizan las políticas a corto plazo. Las pensiones son un claro ejemplo. Hacer como propone Lindert (financiar las pensiones no sólo con las cotizaciones) es pan para hoy y hambre para mañana. Estimula la economía sumergida que ni cotiza ni se paga planes privados en la ¿certeza? de que en el futuro el estado seguirá pagando pensiones. El sistema sólo se ha sostenido hasta ahora por la pirámide de población. Basta que esta se estabilice y aumente la esperanza de vida (no hablemos ya si la natalidad se encuentra en mínimos históricos) para que el sistema quiebre. La única alternativa viable es la capitalización individual de los fondos, y dando libertad de elección: ¿quiere que su cotización la gestione un sistema público de previsión, o se lo damos a usted para que lo invierta, lo guarde o haga lo que quiera (eso sí, sepa que no tendrá pensión del estado)?

Podría discutir también sobre la sanidad y la educación públicas (otros dos grandes consumidores de fondos públicos), pero lo dejaré para otro momento.

Lindert también sostiene que los baches de la historia no son previsibles, y que el estado del bienestar contribuye a proteger de estos a la ciudadanía. Pone el ejemplo del desmembramiento de la URSS o la crisis financiera de Japón. Falso. Ya en 1981 la OTAN preveía que la URSS a partir de 1984-85 estaría en quiebra técnica, y que el régimen no tardaría en derrumbarse. La crisis financiera japonesa se debió a algo tan sencillo como que los grandes financieros robaron el dinero de sus entidades. Si el estado se dota de un sistema judicial fuerte que haga cumplir la legalidad, ese peligro desaparece. Incluso el crack de 1929 era previsible. Ya en el siglo XIX se habían producido cracks similares, y la economía salió a flote más rápidamente que después del crack por culpa del New Deal, que se apropió de casi el 50% de la riqueza de EEUU para destinarla a lo que los políticos pensaban que era mejor, no lo que era rentable, y que es finalmente lo que crea riqueza y empleo.

Para mí, la conclusión es que el estado del bienestar no es sostenible de ningún modo, ni siquiera a medio plazo (10-15 años). Y la ciudadanía debe reclamar que su dinero se deje en sus manos para garantizarse su futuro, sin injerencias del estado.